¿Para qué sirven los padres?

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Las Escrituras dejan claro que los padres deben guiar a sus hijos al conocimiento del Señor. Pero no ofrecen una respuesta única para la mayoría de nuestras discusiones modernas sobre cómo ser padres.

Christianity TodayAugust 25, 2026

Su respuesta también tiene profundas raíces teológicas. Las promesas de Dios en el Antiguo Testamento giraban repetidamente en torno a bendecir a la tierra y a la gente juntos, no por separado. Florecemos cuando somos plantados, arraigados y nutridos junto con quienes nos rodean. Sobre todo, cuando estamos arraigados, no solo en la comunidad humana, sino también dentro de un pacto con Dios.

Partiendo de la premisa de que las personas fueron hechas para ser plenas y florecer, podemos plantearnos la misma pregunta sobre roles humanos específicos como el de los padres: ¿Para qué sirven los padres? ¿Qué pautas ofrece la Biblia para responder a esta pregunta?

Y hay muchas otras «guerras» sobre la crianza de los hijos, tanto dentro como fuera de la iglesia. Los grupos de Facebook para padres se han vuelto legendarios por todas las razones equivocadas. Son el lugar para criticar y ser criticado por cualquier decisión imaginable: amamantar o dar biberón, usar medicinas o no, alentar a tus hijos a practicar deportes profesionalmente o no. Los antivacunas declarados chocan con los que desparasitan a sus hijos todos los fines de semana, con los que solo consumen alimentos crudos y naturales, y con muchos, muchos más. Y cada uno está convencido de que su respuesta es la única que salvará no solo a sus hijos, sino también al mundo.

Esto podría ser gracioso, pero los niveles de ansiedad son demasiado reales como para que alguien se ría. No hay ninguna mezcla de aceites esenciales que pueda aliviar esta realidad.

Sostengo que, al igual que tantos otros problemas a los que nos enfrentamos, este tiene una raíz teológica. Hemos perdido de vista cualquier visión teológica real que nos ayude a comprender el verdadero propósito de los padres. Eso es cierto tanto para la iglesia como para nuestra sociedad en general hoy en día, pero me parece que los cristianos somos aún peores.

Es cierto que la Biblia no es un manual de instrucciones con precisión enciclopédica: no puedes simplemente ir al índice, buscar «escuelas públicas», «vacunas» u «opciones de pañales» y descubrir exactamente lo que el Señor ha ordenado sobre cada tema en particular. Y si eso es lo que esperaríamos encontrar, incluso inconscientemente, ese es otro problema que recae en nosotros. Significa que estamos viendo la crianza de los hijos como un conjunto de tareas instrumentalizadas —alimentar, bañar, coordinar actividades— y perdiendo de vista la visión más amplia: un verdadero llamado hacia un propósito mucho mayor que cualquier lista de tareas.

Resulta que la Biblia sí ofrece una visión clara acerca de ese llamado: los padres hemos sido llamados a liderar lo que podríamos llamar un «ministerio de mayordomía» de nuestros hijos. Ya sea que hayamos procreado a nuestros hijos, o los hayamos adoptado o acogido, los recibimos como un regalo que nos ha sido concedido por un tiempo breve. Durante este tiempo, no somos más que mayordomos o administradores designados por Dios para custodiar el tesoro que se nos ha confiado: ¡portadores de la imagen de Dios con almas inmortales! Al final de su infancia, en la mayoría de los casos, nuestros hijos pasarán a la edad adulta.

No obstante, —y esto es clave— aunque la enseñanza bíblica sobre esta visión general es clara, también vemos repetidamente que hay más de una forma de ser un mayordomo o administrador fiel.

En uno de los pasajes más conmovedores y profundos de la Biblia, la sección inicial de la oración del Shemá y las instrucciones que le siguen en Deuteronomio 6:4-25, aprendemos sobre la obligación de los padres de enseñar constantemente a nuestros hijos acerca de Dios, tanto en casa como fuera de ella, al sentarnos, al acostarnos y al caminar durante el día. Y notemos que los niños criados en hogares que siguen esta instrucción harán preguntas espirituales sinceras:

Cuando en el futuro tu hijo te pregunte: «¿Qué significan los testimonios y los estatutos y los decretos que el Señor nuestro Dios les ha mandado?», entonces dirás a tu hijo: «Nosotros éramos esclavos de Faraón en Egipto, y el Señor nos sacó de Egipto con mano fuerte. Además, el Señor hizo grandes y temibles señales y maravillas delante de nuestros ojos contra Egipto, contra Faraón y contra toda su casa; y nos sacó de allí para traernos y darnos la tierra que Él había jurado dar a nuestros padres». Así que el Señor nos mandó que observáramos todos estos estatutos, y que temiéramos siempre al Señor nuestro Dios para nuestro bien y para preservarnos la vida, como hasta hoy. Y habrá justicia para nosotros si cuidamos de observar todos estos mandamientos delante del Señor nuestro Dios, tal como Él nos ha mandado. (Deuteronomio 6:20–25, NBLA)

Nuestro deber como padres es seguir enseñando a nuestros hijos acerca de Dios en cada oportunidad que tengamos. También es nuestro deber estar preparados para responder las preguntas teológicas profundas que nos hagan nuestros hijos cuando estas, inevitablemente, surjan.

Sin la enseñanza de los padres, como da a entender el pasaje, ¿cómo sabría la próxima generación siquiera algo acerca de Dios? Esto hace que la tarea de la educación teológica y la formación espiritual que Dios ha confiado a los padres sea aún más urgente y necesaria. La posible pérdida de verdades teológicas clave está siempre a solo una generación de distancia.

Este proceso de hablarles a los niños acerca de Dios a través de cada actividad imaginable se suma a lo que hoy llamamos discipulado. Aunque Dios también ordena la enseñanza directa, este ejemplo de la vida cristiana se aprende principalmente con el ejemplo, no con la enseñanza. Es a través de la vida cotidiana en familia, en otras palabras, que los niños aprenden a seguir a Jesús. Los momentos y tiempos reservados para asuntos explícitamente espirituales no son suficientes.

Por supuesto, otra forma de entender esta realidad es que toda la vida familiar es, en sí misma, un momento específico reservado para el discipulado. Cada momento de la vida le pertenece a Dios, y nosotros, como padres, debemos dar ejemplo de esta verdad. Ese discipulado es la forma en que vivimos nuestro llamado a ser administradores fieles de nuestros hijos.

Dios espera mucho de aquellos a quienes les ha confiado algo, nos recuerda 1 Corintios 4:2. La parábola de Mateo 25:14-30 lo explica con más detalle. En esta historia, Jesús cuenta acerca de un amo que confió diversas cantidades de oro a tres administradores diferentes, a cada uno «según su capacidad». Dos de ellos invirtieron los fondos y obtuvieron ganancias, y al final recibieron elogios y recompensas adicionales. Pero el tercero simplemente escondió el oro en la tierra y se lo devolvió al amo exactamente como lo había recibido, sin ninguna ganancia. Este recibió una dura reprimenda por su pereza.

Presentada como parte de una serie de historias que iluminan el reino de Dios, esta parábola no trata sobre las virtudes de administrar nuestras finanzas con inversiones inteligentes. La verdadera inversión, más bien, es la que hacemos en las personas. Los mayordomos o administradores están —o deberían estar— compartiendo y haciendo crecer su conocimiento de Dios. Eso incluye que los padres enseñen a sus hijos con la palabra y con el ejemplo, preparándolos para que ellos mismos se conviertan en creyentes reflexivos.

Otros pasajes también describen las altas expectativas que Dios tiene para los mayordomos o administradores a quienes les confía serias responsabilidades. No obstante, Mateo 25 también deja claro que hay más de una manera de ser un buen mayordomo. No todos los mayordomos dignos de elogio tomaron la misma decisión; sin embargo, siempre y cuando cada uno invirtiera sabiamente el tesoro que se le había dado, el amo estaba contento.

Por supuesto, también podríamos señalar las numerosas historias desafortunadas de padres e hijos que aparecen a lo largo de la Biblia. Estos son ejemplos de lo que sucede cuando los padres no somos buenos mayordomos de nuestros hijos.

Este es un tema central de 1 y 2 Reyes, donde los reyes del antiguo Israel parecen ser, en repetidas ocasiones, padres terribles que descuidan la educación espiritual de sus hijos, ignorándolos en gran medida, salvo cuando consideran su potencial como herederos. El resultado es un rey desastroso tras otro: fracasos no solo en términos espirituales, sino también según cualquier criterio terrenal.

En cada uno de esos casos, las Escrituras describen fracasos espirituales y relacionales dentro de la familia. Todos esos temas sobre los que discutimos en las redes sociales —como los estilos educativos, la dieta o las prácticas deportivas—nunca son el problema de fondo.

Ya he escrito antes sobre mis preferencias para la crianza de mis hijos, los portadores de la imagen de Dios a quienes he sido llamada personalmente a cuidar y discipular junto con mi esposo. Pero mis decisiones de inversión no son las mismas que tomaría cualquier otro administrador bueno y fiel, y los padres cristianos tienen el derecho y la responsabilidad —tanto espiritual como legal— de tomar esas decisiones de inversión por sí mismos, guiados por la oración, las Escrituras y el consejo sensato, según sea necesario.

Recordar que Dios alaba a los mayordomos que tienen diversas estrategias de inversión debería traer reconciliación entre los cristianos que creen en la Biblia en medio de nuestras diferencias parentales y educativas. No es necesario que todos administremos de la misma manera para ser siervos fieles.

Nadya Williams es autora de Cultural Christians in the Early Church y Mothers, Children, and the Body Politic: Ancient Christianity and the Recovery of Human Dignity (IVP Academic, 2024)