“Vayan e instruyan”: Enseñar a pensar como parte de la gran comisión

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¿Por qué saliste corriendo hacia la calle?
—Porque me gusta— respondió mi hijo de tres años con un tono burlón.
Sentí la rabia subir por mis mejillas. Pero cerré los ojos y respiré profundamente.
—Ya veo. ¿Entonces está bien hacer lo que nos gusta solo porque nos gusta?

Mi hijo me miró, nervioso. Sabía que la respuesta era «no», pero también comprendía lo que su respuesta implicaba: había hecho lo malo y ahora estaba en problemas.

Este tipo de conversaciones son frecuentes en mi casa. Para molestia ocasional de mis pequeños, procuro responder a sus inquietudes y demandas —al menos inicialmente— con más preguntas. Podría parecer una pérdida de tiempo, pero no lo es. Y es que no solo quiero enseñarles la verdad; también deseo enseñarles a pensar en la verdad.

Por supuesto, la vida sería más fácil si simplemente me limitara a dar instrucciones: «¡NO VUELVAS A CORRER HACIA LA CALLE!». «Pídele perdón a tu papá por esa rabieta». «Pon la basura en su lugar». No tendría que detener lo que estoy haciendo, bajar mi rostro hasta encontrarme con el suyo, ver más allá de la conducta, encontrar la pregunta adecuada para despertar su razonamiento y esperar mientras buscan una respuesta, contemplando la confusión en su rostro. Con todo, vale la pena. Cada momento cotidiano es una oportunidad para instruir a mi prójimo a utilizar su mente para la gloria de Dios.

Pensar como parte de la gran comisión
Con o sin hijos, si eres cristiano, compartes esta responsabilidad. Tu misión en la vida incluye la tarea de llevar a otros a pensar de una manera que honre a nuestro Señor. Parte crucial del llamado de todo discípulo de Jesús es hacer más discípulos de Jesús. Leamos cómo comisionó a Sus discípulos, para luego analizar algunos de los elementos que vemos en esa gran comisión:

Acercándose Jesús, les dijo: «Toda autoridad me ha sido dada en el cielo y en la tierra. Vayan, pues, y hagan discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que les he mandado; y ¡recuerden! Yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo» (Mt 28:18-20).

Enseñándoles…
A veces actuamos como si nuestra labor como cristianos fuera traer gente a la reunión de la iglesia, enseñarles lo básico acerca de Jesús y motivarlos a que se bauticen. Predicar el evangelio y bautizar a los convertidos son, por supuesto, aspectos cruciales de la misión que Dios nos encomendó. Pero no son toda la historia. Nuestro llamado es hacer discípulos de Jesús —aprendices y seguidores—, no fanáticos entusiasmados que solo repiten lo que otros dicen y hacen lo que otros hacen, sin comprender por qué.

Tu misión en la vida incluye la tarea de llevar a otros a pensar de una manera que honre a nuestro Señor

Enseñar lo que Jesús nos ha mandado no es una tarea exclusiva de pastores y maestros (aunque, por supuesto, ellos tienen una responsabilidad especial de cumplir con diligencia y rectitud esta labor; cp. Stg 3:1; 2 Ti 2:24).

El imperativo de instruir está incluído en la misión que Dios dejó a la iglesia en general. Cada uno de nosotros cumplirá este llamado en diferentes contextos —según las responsabilidades que Dios ha confiado a cada uno—, utilizando nuestros propios dones y habilidades. No siempre se hará dando una cátedra frente a treinta personas: muchas veces será tomando un café con un amigo lleno de dudas acerca del evangelio o llevando a un niño pequeño a examinar su corazón haciendo buenas preguntas.

… a guardar…
Por supuesto, el discipulado no implica simplemente llevar a otros a tener un montón de información almacenada en la cabeza. Queremos que las personas abracen la Palabra de Cristo, la atesoren, la pongan por obra, la guarden. Nuestra labor no solo es ayudar a otros a entender qué es lo que Jesús enseña, sino mostrarles —en el poder del Espíritu— que lo que Él enseña es la verdad, es bueno, es deseable, es lo que siempre estuvimos buscando.

Nuestra responsabilidad es enseñar a otros a poner por obra los mandamientos de la Palabra de Dios. Eso requiere que seamos modelos del evangelio, capaces de decir: «Imítame a mí como yo imito a Cristo».

Debemos mostrar a otros cómo luce guardar las enseñanzas de Jesús en todas las áreas de nuestra vida cotidiana. ¿Cómo es que un padre de familia se niega a sí mismo? Abre tu casa e invita a un nuevo matrimonio a verte lavar los pies de tus hijos (¡literalmente!). ¿Cómo sigue a Jesús un estudiante? Permite que los adolescentes te vean estudiar con diligencia y equiparte para andar en las buenas obras que Dios tiene para ti. ¿Cómo es que una mujer jubilada vive para Dios? Lleva a un grupo de señoritas a dar alimento a los necesitados.

… todo lo que les he mandado
Es común escuchar de personas que leen un fragmento de los evangelios o ven una película sobre la vida de Jesús y son cautivados por alguna de Sus enseñanzas. Abrazan a Cristo no como el Mesías, sino como un «buen maestro» que comparte cosas lindas sobre cómo ser personas ejemplares. ¿Quién les enseñará lo que Jesús realmente dijo de Sí mismo: «El que ama al padre o a la madre más que a Mí, no es digno de Mí; y el que ama al hijo o a la hija más que a Mí, no es digno de Mí… Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por causa de Mí, la hallará» (Mt 10:37; 16:25)?

Si has fallado en amar a Dios con toda tu mente y en instruir correctamente a otros discípulos de Jesús —en palabra y obra—, arrepiéntete

Somos llamados a proclamar lo que el Señor proclamó: que Él es el Hijo de Dios, que Su sacrificio es para el perdón de los pecados, que no hay camino al Padre sino es a través de Él, que debemos amarlo por sobre todo, que debemos tomar la cruz, morir a nosotros mismos cada día y seguirlo. Por otro lado, así como no alteramos Su enseñanza al restarle, tampoco le añadimos, sabiendo que los fariseos fueron amonestados por enseñar normas de seres humanos como si fueran las de Dios (Mr 7:6-13).

Instruye a pensar
Los discípulos de Jesús que somos llamados a formar dedican la vida entera a conocer todo aquello que Jesús enseñó. Abandonan todo para tomar su cruz y seguir al Maestro. Eso empieza, claro está, por familiarizarse con el contenido de Su Palabra. Pero no termina ahí.

No basta con volvernos expertos en los juegos de preguntas y respuestas de la Biblia. Es preciso que también seamos instruidos en cómo la Palabra de Dios afecta la manera en que pensamos acerca de todo lo demás. Como escribió C. S. Lewis: «Creo en el cristianismo como creo que el sol ha salido. No solo porque lo vea, sino porque gracias a eso puedo ver todo lo demás».1

Obedecer el mandato de ir e instruir no será fácil, pues vivimos en una cultura que favorece lo inmediato, el entretenimiento barato y lo superficial. Estamos siendo entrenados, no para la meditación prolongada en las verdades profundas acerca de Dios, Su Palabra y el hermoso mundo que Él creó, sino para aburrirnos tras unos segundos y pasar a lo siguiente. Nuestras mentes se están ahogando en la vanidad y nosotros lo estamos permitiendo. Pero no tenemos que hacerlo.

Arrepiéntete

Toma un tiempo para considerar cómo has usado tu mente y cómo, por extensión, has llevado a otros a usar sus mentes. Alguien te está mirando e imitando, quieras o no.

Si has fallado en amar a Dios con toda tu mente y en instruir correctamente —en palabra y obra— a otros discípulos de Jesús, arrepiéntete. Pídele al Señor nuevas fuerzas para obedecerle. Gózate en que Dios te perdona en Cristo Jesús y en que Él te da todo lo que necesitas para cambiar de rumbo y caminar en obediencia.

Cultiva tu mente cada día en la verdad y la justicia

¿De qué estás llenando tu mente? ¿Cómo estás fortaleciendo tu razonamiento? Evalúa lo que consumes y crea una «dieta mental» nutritiva y sostenible a largo plazo.2

Pídele consejo a hermanos piadosos que hayan sido buen ejemplo para ti. Pasa tiempo continuamente en la Palabra y la oración, lee buenos libros, escucha buena música y evita a toda costa el contenido basura que puede ser entretenido en el momento, pero que al final te deja vacío y asqueado.

Escucha y haz preguntas

Quizá estás muy acostumbrado a decirles a otros qué creer y qué hacer. Este tipo de instrucción es buena y necesaria, pero no es suficiente. Es preciso ir más allá y hacer preguntas para conocer el corazón de las personas y ver si realmente están abrazando la instrucción que les ofreces.

Nuestro deseo debe ser ayudar a las personas a conformar sus razonamientos a la verdad, por amor a la verdad

Si le preguntas a tu hijo: «¿Qué debe hacer alguien para ser salvo?» y te responde: «Obedecer a mamá y papá», resiste el impulso de meramente gritar: «Nooo, ¡acabamos de decir que ninguna de nuestras buenas obras es suficiente! Necesitamos arrepentirnos y confiar en Jesús como único Salvador».

En su lugar, haz más preguntas: Ser obediente es bueno, pero ¿crees que puedes ser perfectamente obediente todo el tiempo? ¿Dios permitirá un solo pecado en Su presencia? ¿Cómo puede ser que vayamos al cielo si no podemos ser perfectamente santos? Esto llevará a quien te escucha a reflexionar más profundamente en lo que cree acerca de Dios y el ser humano.

Conformándonos a la verdad
El discipulado no consiste en convertirnos en guardias de una prisión, forzando a la gente a obedecer sin convicción y por temor al qué dirán. Tampoco somos llamados a ser entrenadores de circo, enseñando a otros a repetir como pericos un montón de datos curiosos sobre la Biblia. Nuestro deseo debe ser ayudar a las personas a conformar sus razonamientos a la verdad, por amor a la verdad.

Incluso cuando encontramos ideas o mandatos que no comprendemos en la Escritura, es una oportunidad para mostrar nuestra alabanza a Dios reconociendo las limitaciones de nuestro razonamiento. Reconocemos que nuestra mente es finita y que tiene todo el sentido del mundo confiar en un Dios perfectamente bueno que mostró Su amor por nosotros en la cruz.

1. C. S. Lewis, «They asked for a Paper» (London: Bles, 1962), p. 165, citado en Alister McGrath, «Return from a Distant Country» (Fortress Press, 2022), p. 31. ↩
2. Para aprender más sobre esto, te recomiendo el libro «La pirámide de la sabiduría» de Brett McCracken. ↩
Ana Ávila es escritora senior en Coalición por el Evangelio, Química Bióloga Clínica, y parte de Iglesia El Redil. Es autora de «Aprovecha bien el tiempo: Una guía práctica para honrar a Dios con tu día». Vive en Guatemala junto con su esposo Uriel y sus dos hijos. Puedes encontrarla en YouTube, Instagram y Twitter.